¿De la Biblia? ¿De mensajes de la Virgen María o incluso de experiencias cercanas a la muerte? ¿De dónde viene exactamente lo que sabemos del más allá? Más que de conocimiento, ¿no deberíamos hablar simplemente de fe o de esperanza, ya que, al fin y al cabo, nadie vuelve para contarnos cómo son las cosas «después»? Aquí tienes algunas pistas.
Durante décadas, nuestros antepasados se criaron rodeados de representaciones del más allá que les parecían certezas incuestionables. Hoy en día, la situación parece más complicada: mientras que el discurso sobre lo que se conoce como los «fines últimos» tiende a veces a desvanecerse en la Iglesia, vemos cómo se multiplican las obras que pretenden desvelar parte del misterio del más allá a partir de testimonios y experiencias personales. Para nosotros, los cristianos, es importante tener algunas ideas claras sobre este tema.
Conocer el más alláes, ante todo, escuchar, contemplar y conocer a Cristo
La fe es la respuesta del hombre a Dios, que se ha revelado, es decir, que se nos ha entregado enviándonos a su Hijo. Un texto de san Juan de la Cruz, místico español del siglo XVI, es muy esclarecedor en este sentido: «Desde el momento en que nos dio a su Hijo, que es su Palabra, Dios no tiene otra palabra que darnos. Nos lo ha dicho todo de una vez y de un solo golpe en esa única Palabra y no tiene nada más que decir […]. Por eso, quien ahora quisiera preguntarle algo, o deseara una visión o una revelación, no solo cometería una locura, sino que ofendería a Dios, al no fijar la mirada únicamente en Cristo, sin buscar nada más ni ninguna novedad».
Así que, para conocer el más allá, no se trata de buscar «algo nuevo», sino de fijar la mirada en Cristo. Pero hay un aspecto que a menudo se nos olvida: vemos el misterio de la vida eterna como una especie de guion que se extiende hacia el futuro, en el que intentamos desentrañar qué será del alma tras la muerte del cuerpo. No se trata de restar valor a ciertas experiencias, a veces coincidentes, sino de recordar que la mirada cristiana hacia el más allá es, ante todo, una mirada actual y presente hacia Cristo. A Marta, que le reprochaba la muerte de su hermano Lázaro, Jesús le respondió: «Yo soy la Resurrección y la vida».
Así que, para conocer el más allá, no se trata de buscar «algo nuevo», sino de fijar la mirada en Cristo.
El más allá, al contrario de lo que pensamos de forma espontánea, no es una realidad totalmente diferente de la que ya vivimos, sino que es el pleno desarrollo de lo más bello y grandioso que vivimos en nuestra vida actual, una vida iluminada y ya transfigurada por Cristo. «La vida eterna ya ha comenzado», solemos decir. Esto significa, en concreto, que un momento de intensa comunión con los que queremos, o una gracia recibida, constituyen un auténtico anticipo de la eternidad, mucho más que las experiencias o relatos que rozan lo paranormal.
¿Se ha « inventado » ciertas cosas ?
Claro, dirás, tenemos que contemplar el misterio de Cristo tal y como nos lo transmite el Evangelio. Pero entonces, ¿qué pensar de las afirmaciones que no tienen un fundamento explícito en él? En ningún sitio habla Jesús del purgatorio, ni aclara qué le espera al alma tras la muerte del cuerpo. ¿No hay acaso algo de invención en la fe de la Iglesia? La enseñanza de la Iglesia, como hemos dicho, proviene de la revelación, una revelación que hoy está cerrada, ya que Dios nos lo ha dicho todo en su Hijo. Pero la revelación necesita ser explicada.
Esta explicación no consiste en un juego de deducciones que nos permita ampliar nuestro conocimiento hasta el infinito. Surge de la lectura meditada y orante de la Palabra. El purgatorio, por ejemplo, no es un invento de la Edad Media, aunque el término en sí apareciera en esa época. Esta verdad tiene su origen en el hecho de que, desde los primeros tiempos, los cristianos rezaban por los difuntos, con la convicción de fe de que aún se podía hacer algo por ellos. Esta convicción se basa en una experiencia propiamente espiritual y cristiana: la de la purificación necesaria para acercarse a Dios en la oración, una purificación espiritual que ya te permite intuir cómo puede ser la experiencia purificadora del purgatorio.
El papel de las revelaciones
Puede surgir una última pregunta. ¿Qué hay de las apariciones de la Virgen o incluso de toda una serie de apariciones privadas relacionadas con el destino de los difuntos? En Fátima, por ejemplo, los niños tuvieron una visión del infierno. Para entender bien esta visión, es importante recordar que no describe una situación real ni pretende completar la revelación. Más bien, arroja luz sobre un aspecto de la misma y es una llamada a la conversión. Los relatos de apariciones pueden ayudarnos y animarnos en nuestro camino hacia la santidad. Pero pensar que pueden completar lo que sabemos o enseñarnos algo más es, en definitiva, dar muestras de poca fe. ¡Sí, nuestro verdadero y único tesoro es la fe!
Autor: Bertrand Lesoing, capellán
Fuente: Chemins d’Éternité n.º 285 – Marzo/abril de 2018



