¿Saben nuestros difuntos lo que nos pasa en la vida? ¿Pueden influir en nuestra vida? Estas preguntas se repiten muy a menudo en Internet. Y las respuestas no siempre son alentadoras. ¿Qué nos dice la fe cristiana al respecto?
Mientras que los videntes y los médiums intentan captar la presencia de los muertos diciendo que están «por ahí», la fe cristiana afirma que las almas de los difuntos están o bien en el cielo, o bien en el infierno, o bien en el purgatorio.
La fe cristiana dice que las almas de los difuntos están o bien en el cielo, o bien en el infierno, o bien en el purgatorio.
No obstante, se muestra sobria y prudente en lo que respecta a cuestiones concretas relacionadas con el más allá.
Sin embargo, nos da algunas pistas sobre la relación entre los difuntos y los vivos. Por ejemplo, la aparición de Jesús resucitado ante el apóstol Tomás —con la invitación a tocar sus llagas y a creer en su resurrección— deja claro que Cristo conoce las discusiones y las dudas que agitan al grupo de sus discípulos en su ausencia. Del mismo modo, la visión de Judas Macabeo, en la que las oraciones de intercesión del difunto sacerdote Onías en el más allá llegan al pueblo judío (2 Mac 15, 7-17), parece indicar que los muertos saben ciertas cosas sobre los vivos.
Basándose en las Sagradas Escrituras, el Magisterio de la Iglesia enseña que, en el cielo, las almas de los bienaventurados contemplan el rostro de Dios, de forma inmediata y directa. A través de esta visión beatífica, también ven todas las cosas en Dios. Por eso, en el cielo, los difuntos nos conocen y nos quieren con la misma mirada y el mismo amor de Dios.
En el cielo, los difuntos nos conocen y nos quieren con la misma mirada y el mismo amor de Dios.
Y aunque, por lo general, no intervienen directa ni físicamente en nuestras vidas a menos que ocurra un milagro, interceden por nosotros desde la gloria y pueden conseguirnos luces y consuelos. Así, santa Teresa del Niño Jesús cuenta que, cuando su hermana María ingresó en el Carmelo, se sintió sola. Al levantar la vista al cielo, invocó a sus hermanos y hermanas fallecidos prematuramente. La respuesta no se hizo esperar: pronto la paz inundó su alma y comprendió que, si la querían en la tierra, también la querían en el cielo…
En el purgatorio, las almas viven en el amor de Dios, pero aún no lo contemplan. Los doctores y los teólogos no se ponen de acuerdo sobre si pueden enterarse de lo que pasa aquí en la Tierra. Recordemos que, según santo Tomás de Aquino, aunque las almas del purgatorio no puedan conocernos a través de la visión de los bienaventurados como en el cielo, ni por los sentidos como aquí en la Tierra, «sin embargo, pueden conocer las acciones de los vivos, ya sea a través de las almas que llegan desde aquí y se acercan a ellas, ya sea a través de los ángeles, o bien mediante una revelación del Espíritu Santo» (Q. 89, a. 8, ad. 1).
Sin embargo, pueden enterarse de lo que hacen los vivos, ya sea a través de las almas que llegan desde este mundo y se acercan a ellas, ya sea a través de los ángeles, o bien mediante una revelación del Espíritu Santo.
Y sabemos que el Espíritu no escatima en sus revelaciones…
Las almas de los bienaventurados ven todas las cosas en Dios.
Autor: Don Paul Denizot, s.m.c., capellán
Fuente: Chemin d’Éternité n.º 284, enero/febrero de 2018




